Nos preocupamos por el tiempo que nuestros hijos pasan frente a una pantalla, pero pocas veces nos preguntamos cuánto tiempo llevamos nosotros sin mirarlos a los ojos.
El debate en México sobre restringir el uso de teléfonos celulares en las escuelas debería ser mucho más que una discusión educativa.
Debería convertirse en una profunda reflexión nacional sobre lo que estamos haciendo con nuestros hijos, nuestras familias y, particularmente, con nuestra sociedad.
Hemos construido la generación más conectada de la historia, pero eso no significa que hayamos construido la generación mejor comunicada.
Mientras las grandes plataformas compiten por capturar la atención de todos nosotros, las familias, las escuelas y las empresas enfrentamos las consecuencias de una sociedad permanentemente distraída.
La inteligencia necesita concentración. La productividad necesita disciplina y las relaciones humanas necesitan algo que ninguna aplicación puede sustituir: presencia.
Hay una capacidad humana que deberíamos comenzar a defender con la misma intensidad con la que defendemos la innovación tecnológica: la inteligencia social. La capacidad de mirar a alguien a los ojos, de escuchar una opinión diferente, de interpretar emociones, de negociar, debatir, construir acuerdos y desarrollar empatía. Ninguna red social garantiza que sepamos convivir en sociedad.
Prohibir o limitar el uso de celulares en actividades escolares, puede ayudar a recuperar espacios de convivencia y concentración, sería ingenuo pensar que una sola disposición legal resolverá por sí sola un problema cultural, pero puede ser un buen comienzo.
Necesitamos familias que recuperen la conversación. Jóvenes que descubran el valor de leer, practicar deportes, equivocarse y volver a intentarlo.
No se trata de declarar una guerra contra los teléfonos, se trata de recuperar el control sobre nuestra atención.
Quizá dentro de algunos años descubramos que uno de los desafíos no fue aprender a utilizar la inteligencia artificial, sino, fue aprender a conservar nuestra propia inteligencia, nuestra creatividad y nuestra capacidad de relacionarnos en un mundo dominado por la tecnología.
Es justo reconocer a las autoridades que impulsan políticas públicas orientadas a recuperar estos valores. Porque gobernar también significa tener la visión de corregir hábitos sociales que comprometen nuestro futuro.
Cuando una decisión de gobierno contribuye a ese propósito, merece ser reconocida, respaldada y, sobre todo, acompañada por las familias.
Sólo dejo una reflexión: ¿De qué sirve prohibir los celulares para recuperar la capacidad de pensar, si no enseñamos a nuestros jóvenes a cuestionar incluso las decisiones del propio gobierno?

















