Morena quiere llegar a 2027 con una estructura territorial organizada y una coalición capaz de contener a la oposición.
Sin embargo, el cierre de filas que promueve su dirigencia tendrá que superar una prueba que va más allá de las fotografías, los discursos y las tomas de protesta: repartir el poder sin convertir a sus aliados en adversarios.
El pasado sábado, el Consejo Nacional de Morena tomó protesta a los 17 coordinadores estatales de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional y llamó a construir coaliciones amplias con el Partido del Trabajo y el Partido Verde.
El mensaje ahora sí ya es claro: organizarse con anticipación, ordenar las aspiraciones y fortalecer la presencia territorial rumbo a las elecciones de 2027.
Pero mientras la dirigencia habla de unidad, las diferencias por las candidaturas ya comienzan a exhibir los límites de esa estrategia.
La definición de coordinadores estatales no ha estado exenta de fricciones.
El Partido del Trabajo cuestionó los resultados de los procesos internos de Morena y su dirigente, Alberto Anaya, llegó a señalar presuntas influencias externas en la selección y Claudia Sheinbaum rechazó esos señalamientos.
Por su parte, el Verde ha ganado margen de negociación y busca posiciones propias en entidades estratégicas.
El fondo del asunto es que una alianza electoral no elimina los intereses particulares.
Morena necesita los votos, las estructuras y la operación territorial de sus socios; el PT y el Verde, a su vez, buscan conservar espacios de representación y capacidad de decisión.
La unidad, por tanto, también se negocia.
La carrera interna ya pasó por el registro de aspirantes a las coordinaciones distritales federales, concluido el 4 de octubre.
Ahora, la convocatoria para las coordinaciones municipales mantiene abierta otra etapa de competencia interna, con registro hasta el 18 de octubre.
Cada proceso abre espacios para nuevas aspiraciones, pero también puede dejar inconformidades entre quienes se consideren desplazados, como ya hemos visto.
En Zacatecas hay una señal que merece atención. Este pasado 10 de octubre, el PAN anunció la incorporación de liderazgos procedentes de Morena, del Verde y de otras expresiones políticas, con representación de nueve municipios.
Entre ellos se reportó a un regidor de Morelos que renunció a Morena.
No es suficiente para medir por sí solo la fuerza de una desbandada, pero sí evidencia que las inconformidades pueden traducirse en movimientos entre partidos.
La oposición, mientras tanto, encuentra en esas fracturas una oportunidad para atraer cuadros con experiencia territorial y construir sus propias redes políticas.
Eso no garantiza resultados electorales, pero sí modifica las condiciones de competencia en el ámbito local.
El desafío para Morena y sus aliados no consiste únicamente en proclamar que van juntos.
Tendrán que acordar quién encabeza cada candidatura, qué peso tendrá cada partido y cómo evitar que las decisiones nacionales choquen con los liderazgos municipales.
No perdamos de vista que el cierre de filas se demuestra cuando llega la hora de repartir espacios y en política, una coalición puede conservar sus siglas mientras sus integrantes comienzan a caminar en direcciones distintas.

















