LA FE QUE PUSO A TODOS EN EL MISMO LUGAR

Tanya Ortiz

La celebración por los 50 años de ordenación sacerdotal del obispo Sigifredo Noriega Barceló dejó una de las imágenes que dicen más que cualquier discurso político: autoridades, políticos, funcionarios, alcaldes, aspirantes y representantes de distintos sectores sentados bajo el mismo techo, en la Catedral Basílica de Zacatecas.

No hubo colores partidistas. No hubo bloques. Tampoco las diferencias que todos los días ocupan titulares.

Estuvo el gobernador David Monreal con su familia; el secretario general de Gobierno, Rodrigo Reyes Mugüerza, el titular de Seguridad Pública Arturo Medina Mayoral y el fiscal Cristian Paul Camacho Osnaya.

Estuvo también Adolfo Bonilla, uno de los nombres que ya se mueven rumbo a la sucesión, y estuvo Miguel Varela, alcalde de la capital y protagonista frecuente de desencuentros políticos con el Ejecutivo estatal.

Todos llegaron al mismo lugar por una razón distinta a la política: reconocer al obispo.

Noriega Barceló cumplió medio siglo como sacerdote y está a unos días de llegar a los 75 años, edad en la que deberá presentar su renuncia al gobierno de la diócesis y esperar la decisión del papa León XIV sobre su relevo.

Pero quizá el dato más significativo de esta celebración no está en los años cumplidos, sino en lo que consiguió reunir.

La Iglesia Católica sigue siendo, antes que nada, comunidad. Y esa comunidad también alcanza a quienes ejercen cargos públicos.

La laicidad del Estado no significa que quienes gobiernan carezcan de convicciones religiosas ni que deban dejar de profesarlas en su vida personal.

Lo ocurrido en la Catedral mostró algo más.

El obispo ha sido una voz crítica. Ha señalado, cuestionado y expresado posturas que han incomodado a más de uno. No ha sido una figura complaciente con el poder.

Y aun así, logró sentar en el mismo espacio a quienes difícilmente coinciden en una mesa política.

Ahí estuvo la fuerza de la celebración: no consiguió borrar las diferencias, pero sí colocarlas, por un momento, en segundo plano.

Quizá esa sea una de las pocas capacidades que todavía conserva la fe en la vida pública: recordarle a quienes se enfrentan por el poder que también pertenecen a una misma comunidad.

La política separa; la fe, esta vez, consiguió reunirlos.

Y en una entidad acostumbrada a dividirse hasta por los colores, esa imagen merece ser observada con atención.

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