No tenemos planeta B

Amalia García

Amalia García

En el marco de la conmemoración del 11º aniversario de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030, implementada por la Organización de las Naciones Unidas, tuve la oportunidad de reunirme con jóvenes para dialogar sobre uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: la acción climática y la responsabilidad que tenemos todas y todos frente al futuro del planeta.

Cuando hablamos de acción climática, hablamos de participación, de compromiso y de responsabilidad. No estamos frente a un problema lejano ni frente a una preocupación exclusiva de científicas, científicos, gobiernos, diputadas, diputados, senadoras o senadores. Estamos frente a un asunto que nos compete a todas y a todos.

El cambio climático ya está aquí y se expresa en fenómenos cada vez más intensos y extremos: temperaturas más altas, fríos más severos, huracanes de gran potencia, sequías prolongadas e incendios que devastan territorios enteros.

La Organización de las Naciones Unidas ha advertido que la temperatura del planeta ya se encuentra alrededor de 1.44 grados Celsius por encima de los niveles de finales del siglo XIX. Eso significa que el calentamiento global no es una amenaza futura: es una realidad presente.

Y mientras las emisiones continúan aumentando, también está en riesgo la vida en el planeta. No solamente la vida humana, sino toda forma de vida.

Mantener vivo el objetivo de limitar el incremento de la temperatura global a 1.5 grados exige reducir de manera sustancial las emisiones de gases de efecto invernadero hacia 2030. Sin embargo, el mundo no está cumpliendo al ritmo necesario.

Los países que históricamente han generado mayores emisiones tienen una responsabilidad enorme, pero eso no significa que el resto debamos permanecer al margen. Este planeta es nuestra casa común y todas y todos tenemos una responsabilidad en su cuidado.

Uno de los ámbitos que más debe preocuparnos es el de los océanos.

Los mares cumplen una función fundamental para regular el clima, sostener economías, alimentar a millones de personas y proteger una enorme diversidad de especies. Sin embargo, el calentamiento y la acidificación están deteriorando aceleradamente los ecosistemas marinos.

Los arrecifes de coral son una de las señales más claras de esta crisis.

México es un país privilegiado por su riqueza natural y cuenta con uno de los sistemas arrecifales más importantes del continente: el Arrecife Mesoamericano. Pero también está en riesgo.

Cuando un arrecife se blanquea y muere, no perdemos solamente un paisaje. Perdemos vida, biodiversidad, protección para nuestras costas, alimentos, empleos y ecosistemas completos que sostienen el equilibrio ambiental. Por eso, los Objetivos de Desarrollo Sostenible no pueden analizarse de manera aislada.

Hablar del ODS 13, Acción por el Clima, significa hablar también del ODS 14, Vida Submarina. Y significa hablar del ODS 12, Producción y Consumo Responsables, porque nuestras decisiones cotidianas también tienen consecuencias ambientales.
Debemos preguntarnos cuántos productos utilizamos una sola vez y desechamos; cuánto reciclamos; cuánto reducimos nuestros residuos; cuánto estamos dispuestos a cambiar nuestros hábitos de consumo.

La economía circular y la reutilización no son conceptos abstractos. Son parte de las decisiones que debemos incorporar en nuestra vida cotidiana. También es fundamental el ODS 7, Energía Asequible y No Contaminante.

Uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo es avanzar hacia energías limpias y reducir nuestra dependencia de los combustibles fósiles. Para ello se necesitan decisiones públicas, inversiones, innovación y voluntad política.

Mientras el mundo destina miles de millones de dólares a guerras y armamento, debemos preguntarnos qué futuro podríamos construir si una parte importante de esos recursos se destinara a energías renovables, investigación científica, protección de los océanos, agua y restauración ambiental. Ese es uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo.

No podemos hablar de sostenibilidad mientras seguimos reproduciendo modelos que destruyen recursos naturales, profundizan conflictos y comprometen el futuro de las próximas generaciones.

Lo que hacemos en nuestra casa tiene consecuencias en nuestra comunidad. Lo que hacemos en nuestras ciudades llega a nuestros ríos. Lo que llega a los ríos termina en los mares. Y lo que sucede en los mares regresa, inevitablemente, a nuestra vida.

Todo está conectado. Por eso, la acción climática también debe comenzar con nuestras decisiones personales.
Debemos preguntarnos cuánto tiempo utilizamos el agua al bañarnos, cuánto podemos reducir nuestro consumo, cuánto podemos reutilizar y qué podemos hacer de manera diferente cada día.

Por supuesto, la responsabilidad individual no sustituye la responsabilidad de los gobiernos ni de las grandes empresas. Pero tampoco podemos asumir que la solución corresponde solamente a otros.

La acción climática requiere políticas públicas, cooperación internacional, ciencia, inversión y legislación, pero también necesita una ciudadanía consciente, informada y participativa. Por eso es tan importante dialogar con las juventudes y escuchar sus preocupaciones, sus propuestas y su visión sobre el mundo que quieren construir.

El desafío es enorme, pero todavía podemos actuar.

Lo que hagamos hoy determinará las condiciones en las que vivirán las siguientes generaciones.

No hay planeta B.

Este es el único que tenemos y nuestra responsabilidad es cuidarlo.

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