Rubén Delgado
En muchos salones universitarios existe un nuevo participante. No aparece en la lista de asistencia, pero ayuda a resumir lecturas, explicar conceptos, escribir programas, preparar presentaciones y responder preguntas. Es la inteligencia artificial generativa y, aunque algunas instituciones todavía discuten cómo regularla, estudiantes y docentes ya la utilizan.
Una encuesta nacional presentada por la Secretaría de Educación Pública en abril de 2026 recibió más de 1.27 millones de respuestas válidas. Sus resultados indican que nueve de cada diez participantes conocen estas herramientas y más del 60 % las utiliza frecuentemente. Además, ocho de cada diez estudiantes recurren a ellas para elaborar textos. La discusión, por tanto, ya no puede limitarse a permitirlas o prohibirlas.
La IA ofrece oportunidades importantes. Un estudiante puede solicitar otra explicación de un concepto difícil, practicar preguntas antes de un examen o recibir ejemplos adaptados a su nivel. Un docente puede emplearla para generar ideas, preparar materiales iniciales o diseñar actividades diferenciadas. También puede apoyar a personas con ciertas barreras de aprendizaje mediante explicaciones simplificadas, transcripciones o distintas formas de presentar la información.
Pero obtener una respuesta rápida no significa haber aprendido. Si el estudiante entrega un ensayo generado por una máquina sin verificarlo, quizá consiga un texto bien redactado, pero no necesariamente habrá desarrollado la capacidad de investigar, argumentar o formar un criterio propio. La IA también puede inventar datos y referencias, reproducir sesgos o entregar una respuesta convincente pero equivocada.
Surgen además problemas de privacidad y desigualdad. Al introducir expedientes, trabajos inéditos o información personal en una plataforma, los usuarios pueden perder control sobre esos datos. Por otra parte, no todos los estudiantes poseen el mismo acceso a Internet, dispositivos o versiones de pago, lo que puede ampliar diferencias que ya existen.
El reto para los docentes tampoco consiste en convertirse en policías que intenten descubrir cada texto generado. Se necesitan actividades que permitan observar el proceso: borradores, explicación de decisiones, contraste de fuentes, ejercicios realizados en clase y defensas orales. También es razonable pedir al estudiante que declare qué herramienta utilizó, para qué la empleó y cómo comprobó sus resultados.
Las universidades mexicanas necesitan reglas claras, formación para docentes y estudiantes, protección de datos y nuevos criterios de evaluación. La propia SEP ha propuesto impulsar la alfabetización en IA, actualizar los planes de estudio y repensar la evaluación académica. UNESCO recomienda, además, una integración centrada en las personas, segura, equitativa y con propósito pedagógico.
Para reflexionar: La inteligencia artificial puede ayudarnos a responder una tarea, pero la educación universitaria debe enseñarnos a formular preguntas, evaluar evidencias y defender nuestras decisiones. Si una máquina realiza todo el esfuerzo intelectual, ¿qué aprendizaje permanece realmente en el estudiante?


















