“Madurez política, indispensable para la construcción de acuerdos*

La política tiene una paradoja que pocas veces se entiende desde las trincheras partidistas: se puede disentir profundamente con alguien y, al mismo tiempo, estrechar su mano.

El primer día de septiembre dejó esa imagen en el Congreso de la Unión.

Mientras desde la tribuna Alejandro Moreno, el líder nacional priísta, lanzó una de las críticas más severas contra el gobierno de Claudia Sheinbaum y llamó incluso a construir un frente opositor rumbo a 2027, Ricardo Monreal, líder de Morena en la Cámara Baja, se acercó, lo saludó y conversó con él, con la naturalidad que corresponde a dos actores políticos que comparten un espacio institucional.

No hubo contradicción…¿O debería haberla?

La oposición tiene derecho —y obligación— de cuestionar al gobierno.

Morena y sus aliados tienen la responsabilidad de defender el proyecto que representan, pero ninguna de esas tareas exige convertir al adversario en enemigo permanente.

Una cosa es la defensa de principios y otra la defensa a ultranza de posiciones partidistas; una cosa es señalar errores y otra hacer de la descalificación un método.

Y una cosa es respaldar a la presidenta Claudia Sheinbaum y otra asumir que hacerlo implica responder con confrontación a cada crítica.

Recordemos que el Congreso no fue creado para que todos piensen igual. Fue creado, precisamente, para que las diferencias encuentren cauces institucionales.

Monreal, como coordinador parlamentario y presidente de la Junta de Coordinación Política, entiende que su responsabilidad trasciende la lógica de la militancia.

Puede defender a la Cuarta Transformación en la tribuna y, al mismo tiempo, dialogar con quienes intentan frenarla.

Ese equilibrio no debilita al movimiento, al contrario, puede fortalecerlo.

La política mexicana necesita recuperar algo que la polarización ha ido desgastando: la capacidad de hablar con quien piensa distinto, sin que eso sea interpretado como traición.

La oposición no tiene que dejar de ser oposición y el oficialismo tampoco tiene que renunciar a sus convicciones.

Pero quizá ya sea tiempo de entender que gobernar un país y legislar para él requiere algo más que ganar discusiones.

Requiere saber cuándo confrontar, cuándo ceder y, sobre todo, cuándo sentarse a construir acuerdos… Y vaya que el exgobernador bien le sabe a eso y ha tenido que tomar posturas aunque no le resulten convenientes… De momento.

Y es que, ¿Para qué ese encono, esa confrontación, si después del discurso, de los aplausos y de los reclamos, todos vuelven al mismo salón..?

Y ahí, tarde o temprano, tendrán que hablar… Y acordar, aunque no les termine de agradar.

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