Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntar cuánto cuesta invertir en el deporte en México; hoy, la pregunta es: ¿cuánto nos está costando no hacerlo?
Un país que celebra y acompaña a sus deportistas fortalece su identidad. Necesitamos más ejemplos de disciplina, perseverancia y excelencia. Invertir en el deporte es, invertir por una mejor sociedad.
Hay momentos en los que un país entero deja de mirar sus problemas y vuelve a observar sus posibilidades. Eso provoca un deporte cuando aparecen atletas de élite.
Necesitamos más “Toritos”, más “Checos”, más “Canelos”, más selecciones porque un país que sueña, también se exige.
Un país que se emociona con sus deportistas comienza a preguntarse por qué no puede producir mas casos de éxito. Por qué no puede tener más campeones, más científicos, más empresarios, más artistas, más jóvenes compitiendo contra los mejores del mundo.
El deporte de alto rendimiento no solamente entretiene, eleva la vara emocional de una sociedad.
Cuando el éxito tiene rostro mexicano, millones de niños y jóvenes comienzan a pensar distinto. Representan exactamente los valores que cualquier sociedad necesita para crecer.
Cada deportista exitoso, es una campaña nacional de autoestima. Nos recuerda que sí se puede competir, que sí se puede ganar, que sí se puede representar a México y a tu familia con dignidad.
El deporte une lo que muchas veces la política divide: ese orgullo de pertenencia es una fuerza poderosa, porque una sociedad que se siente orgullosa, también se cuida más, se exige más y aspira a más.
El problema de México no es la falta de talento, el problema es que, durante mucho tiempo, hemos centrado la conversación nacional en lo que nos destruye y no en lo que nos eleva.
Necesitamos hablar más de quienes construyen. De quienes entrenan, de quienes se preparan, de quienes compiten limpiamente, de quienes inspiran y de quienes poner el nombre de México en alto.
No se trata de negar los problemas del país, se trata de no permitir que los problemas sean la única narrativa del país. Porque una nación que solamente habla de sus heridas termina acostumbrándose a ellas. En cambio, una nación que celebra sus ejemplos de éxito empieza a multiplicarlos.
El deporte tiene esa capacidad; convierte la inspiración individual en exigencia colectiva. La sociedad empieza a querer más, y eso es profundamente positivo. El orgullo puede convertirse en presión social, en que los gobiernos inviertan mejor, las empresas patrocinen más, los medios comuniquen mejor, los jóvenes crezcan más.
México necesita una nueva cultura de aspiración, donde el éxito no divida, no se envidie, se estudie y se replique.
Estos últimos ejemplos nos están diciendo algo: México puede más. Porque cuando un país aprende a emocionarse y a unirse con lo bueno, también aprende a rechazar con más fuerza lo mediocre.
¿Capisci?


















