Hay victorias que duran 90 minutos; otras permanecen en la memoria de un país.
La Selección Mexicana ya está en los octavos de final del Mundial. La ilusión volvió a recorrer las calles, las familias se abrazaron frente al televisor y millones de personas compartieron la misma emoción.
El futbol tiene esa capacidad de unirnos como pocas cosas.
Y hoy pensamos que se vale soñar… ¿Y si sí?
Se vale imaginar a México levantando la Copa del Mundo. Se vale pensar que esta generación puede escribir una página distinta en la historia.
Los sueños también impulsan a los pueblos y alimentan la esperanza, pero México es mucho más que un marcador.
La grandeza de este país no se mide únicamente en los goles que anota, sino en la manera en que responde frente a la adversidad.
Ahí aparece el México que pocas veces ocupa los titulares y que, sin embargo, siempre termina dando ejemplo.
La selección de Irán encontró en territorio mexicano el recibimiento que no tuvo en Estados Unidos. Hubo respeto, hospitalidad y un gesto de humanidad que trascendió cualquier competencia deportiva.
Al mismo tiempo, Venezuela hoy enfrenta una de las tragedias más dolorosas de los últimos años.
Otra vez surge la solidaridad de miles de mexicanos, acostumbrados a tender la mano sin preguntar de dónde viene quien la necesita.
Ese espíritu también juega cada vez que rueda un balón.
Representa a un país que celebra, que sufre, que se levanta y que entiende el valor de acompañar a los demás en los momentos difíciles.
Esa identidad no aparece en las estadísticas, pero explica buena parte de lo que somos.
El Mundial seguirá ofreciendo emociones. Vendrán rivales más complicados y desafíos enormes. La historia todavía está escribiéndose.
Mientras tanto, México ya ganó algo que ningún campeonato puede otorgar: el reconocimiento de ser un pueblo que convierte la esperanza en unidad y la solidaridad en una forma de vivir. Ese triunfo no depende del silbatazo final.
Ese triunfo nos acompaña todos los días.

















