La revisión del T-MEC comenzará el próximo 1 de julio y esta no es una fecha cualquiera.
Es el inicio de una negociación que definirá buena parte del futuro económico de América del Norte durante los próximos años.
México llega a la mesa con una postura clara: defender el acuerdo, fortalecerlo, mantener la integración comercial que durante más de tres décadas ha unido a las economías de México, Estados Unidos y Canadá.
Pero del otro lado de la frontera el mensaje es distinto: Estados Unidos mantiene un discurso ambiguo.
Por momentos parece dispuesto a revisar y modernizar el tratado. Por momentos actúa como si ya no lo necesitara.
Las declaraciones de Donald Trump, al señalar que su país podría prescindir del acuerdo comercial, no son menores.
Son una advertencia política; un recordatorio de quién posee el mayor peso económico dentro de la negociación… y también es una forma de presionar.
Vale la pena recordar que esta historia no comenzó ayer.
El Tratado de Libre Comercio de América del Norte fue firmado en 1992 por Carlos Salinas de Gortari, George Bush padre y Brian Mulroney. Entró en vigor el 1 de enero de 1994 y marcó el inicio de una nueva etapa para la economía mexicana.
Desde entonces, México dejó de mirar únicamente hacia adentro.
Las exportaciones crecieron de manera exponencial.
Llegaron inversiones, se instalaron empresas, se desarrollaron cadenas productivas que hoy cruzan fronteras todos los días.
La industria automotriz, la manufactura, el campo y buena parte de la actividad exportadora mexicana están ligadas a esa relación comercial.
Por eso resulta simplista afirmar que el tratado beneficia solamente a uno de los socios.
La realidad es otra: las economías de América del Norte se han vuelto interdependientes.
Lo que se produce en Monterrey puede ensamblarse en Texas y venderse en Toronto.
Lo que se fabrica en Ontario puede incorporar componentes mexicanos.
Lo que consume Estados Unidos muchas veces nace en plantas instaladas al sur de su frontera.
Esa es la verdadera dimensión del acuerdo.
No se trata únicamente de aranceles. Se trata de competitividad regional.
De empleos, de inversiones, de estabilidad económica.
México tiene razones para defender el T-MEC y Estados Unidos también debería tenerlas porque detrás de los discursos nacionalistas y de las amenazas de campaña existe una realidad difícil de ignorar: las tres naciones son hoy más fuertes juntas de lo que serían por separado.
La revisión que inicia en julio pondrá a prueba esa convicción.
Y revelará si prevalece la visión de una región integrada o la tentación de regresar a los viejos muros económicos.
Mucho está en juego. Mucho más de lo que algunos quieren admitir.

















