Hubo un tiempo en que los Mundiales se colaban en la vida cotidiana sin detenerla por completo.
Los partidos de la Selección Mexicana encontraban a millones de personas en la escuela, en la oficina, en el taller, en el campo o en el comercio.
Los maestros acercaban una televisión al salón, los alumnos se acomodaban como podían y durante 90 minutos, el país entero parecía compartir una misma aula.
Terminaba el partido y, entre festejos o lamentos, todos regresaban a sus pupitres.
En los centros de trabajo ocurría algo similar. Los patrones permitían seguir el encuentro en una pequeña televisión, en una radio o, más tarde, en alguna pantalla improvisada.
Se suspendían las labores por un momento, pero la rutina continuaba apenas sonaba el silbatazo final.
Había una especie de acuerdo tácito: el Mundial era importante, pero formaba parte de la vida; no la sustituía.
Aquellos días tenían algo difícil de explicar para las nuevas generaciones: las calles se vaciaban durante los partidos de México o de veía a la gente aglomerada dónde hubiera un televisor.
Los mercados, las oficinas y los negocios reducían su ritmo. Se escuchaban gritos que atravesaban colonias enteras cuando caía un gol.
Los desconocidos se saludaban, comentaban la jugada y compartían la misma emoción. Era una fiesta colectiva construida desde la convivencia.
Hoy el Mundial se vive de otra manera: la tecnología permite ver los partidos en cualquier lugar y a cualquier hora.
Las transmisiones son más espectaculares, la información es inmediata y la experiencia es mucho más cómoda; sin embargo, también observamos una tendencia distinta: gobiernos decretando asuetos, escuelas suspendiendo actividades completas, oficinas migrando al home office durante toda la jornada y empresas reorganizando su operación para que el partido ocupe el centro del día.
No necesariamente es mejor ni peor. Es, simplemente, otro tiempo.
Quizá lo que genera nostalgia no es la forma de ver el futbol, sino la manera en que convivíamos alrededor de él.
Antes, el partido interrumpía por un momento nuestras obligaciones y luego nos devolvía a ellas. Hoy pareciera que organizamos nuestras obligaciones alrededor del partido.
La modernidad nos ha dado comodidad y acceso inmediato.
La añoranza, en cambio, nos recuerda algo que ninguna pantalla puede reemplazar: la emoción de compartir un Mundial con quienes estaban físicamente a nuestro lado, en el salón de clases, en la oficina o en la esquina del barrio, celebrando o sufriendo juntos para después continuar con la vida.
¿Y tú, cómo vives el Mundial?


















