La amenaza de los productores de frijol, de bloquear la carretera federal 45 e incluso el aeropuerto internacional de Zacatecas no surge de la nada.
Es la consecuencia de conflictos que se dejaron crecer entre promesas, mesas de diálogo y soluciones parciales.
Lo mismo ocurre con el anuncio de paro general de la CNTE o con los jubilados del Issstezac que siguen esperando prestaciones ya trabajadas y devengadas, y que por una crisis institucional y pese a que se ha dado cobertura puntual, aún hay pagos no realizados.
Son fuegos encendidos desde hace tiempo, pero que poco a poco comienzan a juntarse en un mismo escenario de presión social.
El problema de fondo es que Zacatecas —y en buena medida el país— ha comenzado a normalizar las crisis.
Se normaliza que los agricultores tengan que salir a las carreteras para ser escuchados.
Se normaliza que los maestros amaguen con paralizar actividades porque no encuentran respuesta institucional.
Se normaliza que jubilados pasen meses esperando pagos que representan su sustento.
Todo se vuelve paisaje cotidiano… hasta que colapsa.
Y mientras los conflictos se acumulan, el riesgo crece.
Llega un momento en que las demandas dejan de ser sectoriales y comienzan a conectarse entre sí mediante un mismo sentimiento: abandono, desgaste y desconfianza hacia las instituciones.
A ello se suma otro factor igual de preocupante: la capacidad de asombro social comienza a desaparecer.
La ciudadanía escucha sobre bloqueos, amenazas de paro, adeudos, crisis financieras o conflictos institucionales con una resignación cada vez más evidente.
Como si vivir bajo presión permanente fuera parte natural de la realidad pública.
Ese quizá sea el síntoma más delicado de todos.
Cuando una sociedad se acostumbra a convivir con conflictos sin resolver, también comienza a debilitarse la confianza en que las cosas puedan mejorar mediante el diálogo, las instituciones o la política misma.
Y entonces aparecen los escenarios de confrontación, radicalización o ruptura.
Gobernar no sólo implica contener protestas cuando estallan.
Implica evitar que los conflictos sociales lleguen al punto donde la presión se convierta en crisis política y afecte a toda la población.
También exige capacidad de anticipación, sensibilidad y voluntad real de construir acuerdos antes de que las inconformidades escalen a medidas que terminan afectando a terceros, paralizando actividades o tensando aún más el clima social.
Hoy, varios focos rojos permanecen encendidos al mismo tiempo y el verdadero error sería acostumbrarse a verlos arder.
Es necesario que la autoridad, de los tres órdenes de gobierno, dé muestra de saber escuchar, de que tiene sensibilidad política y, más allá, la intención de resolver y no sólo prometer.
Las crisis ignoradas no desaparecen. Se acumulan. Y cuando coinciden al mismo tiempo, terminan exhibiendo no sólo el enojo social, sino también la fragilidad institucional de un estado entero.


















