El reciente incremento en el número de casos de sarampión detectados en el estado de Zacatecas, no es menor. De cinco casos que teníamos confirmados oficialmente hasta finales de marzo, brincamos a 16, tras la reciente detección de 11 casos más, todos ellos en el municipio de Villa de Cos.
Atendiendo únicamente a las cifras, el incremento se ve enorme: un aumento de ¡poco más del 200 porciento! Sin embargo, al analizar el núcleo en el que han ocurrido estos contagios, es entendible de alguna manera la cifra, pues se trata de contagios dentro del mismo grupo poblacional de los primeros casos previos, en este caso, jornaleros agrícolas.
Son cientos -quizás miles- los jornaleros que, año con año, viajan entre entidades del país para atender las labores del campo, y en esta temporada, durante su estancia en Zacatecas y provenientes de Durango, trajeron entre los suyos a algún infectado que, a la postre, acabó infectando a otros de ellos mismos, pues la convivencia es cercana entre todos.
De acuerdo con los reportes sanitarios, todos tienen una característica en común: no tienen completos sus esquemas de vacunación. Y ahí es, justamente, donde conviene hacer una reflexión y un llamado a las autoridades, sobre todo a las sanitarias, de nuestro país.
Los grupos de jornaleros agrícolas vienen a ser un ejemplo vivo de grupos poblacionales que, en muchas ocasiones pauperizados por su estilo de vida, sus costumbres y las propias condiciones de su trabajo semi-nómada, no tienen acceso constante ni cierto a los servicios de salud. Ni a las medicinas, incluso ni a las más básicas medidas de higiene, en muchos casos.
Más aún, no tienen acceso fácil a servicios de educación, ni vivienda digna, ni trabajo constante y bien remunerado, que les permitiera acceder a una vida más plena y más segura.
Se encuentran, generalmente, a expensas de quienes los contraten, dependiendo la mayor parte de las veces de las cosechas (que no siempre se dan, sobre todo en cultivos de temporal), y también en muchas ocasiones expuestos al riesgo de tener patrones abusivos… o de acudir a regiones inseguras. Ejemplos de ello, hay por montones.
Convendría, de alguna manera, que las autoridades (municipales, estatales, federales) le pusieran más atención a estos grupos de personas que, como ya lo vimos, pueden convertirse fácilmente en vectores de pobreza, de enfermedad o -incluso- de delincuencia.
Si lo que se busca es atender las causas de todos los males del país, ahí hay una buena oportunidad de hacerlo.
¿Usted qué opina?


















