Podrá usted estar de acuerdo o no con los campesinos productores de frijol que ayer, ya en tono desesperado, bloquearon vialidades y tomaron edificios públicos para protestar porque no han obtenido la respuesta que esperan del gobierno.
Podrá usted molestarse con ellos por los retrasos en sus traslados, porque fue un caos el transporte público, porque se provocaron tardanzas innecesarias o porque no pudo ir a realizar un trámite a la oficina que ellos tomaron.
Pero no puede usted, en conciencia, decir que su lucha no tiene algo de sentido. Mire: resulta prácticamente un sinsentido, una cosa que parece burla, que ahora que nuestro campo sí dio frijol, el programa de acopio no esté preparado para recibir todo el grano que nos dio la madre tierra y el trabajo y esfuerzo de nuestros campesinos.
No puede uno dejar de ver que cuando exigen costales para el acopio, es porque efectivamente no se los han entregado, y no puede uno tampoco sustraerse a su exigencia de apoyo, cuando mucha de su producción tienen que vendérsela a los llamados coyotes, cuando éstos son quienes finalmente se benefician.
En lo que sí podemos -y debemos- estar en contra, es en que haya quienes, al amparo de las sombras, desde detrás de un escritorio y con afanes de presión política, usen a los campesinos como títeres, aprovechándose de malestares genuinos, para convertirlos en vil carne de cañón política.
Ante ello, me parece que es hora de que desde las propias esferas de los gobiernos, y por qué no, desde las propias organizaciones de productores, se pudiera pensar en nuevos mecanismos de producción agrícola, modernización de la misma, nuevas y eficientes formas de comercialización y de encadenamientos productivos.
¿Qué tan difícil será, por ejemplo, empezar a pensar y diseñar nuevas formas de organización que estén LEJOS de los políticos?
La deuda con el campo mexicano tiene décadas, no es nueva, y desde que terminó el reparto de las tierras en nuestro país, se convirtió lamentablemente en botín del que se han aprovechado toda clase de pseudolíderes que ni siquiera tienen que prometer mucho, porque tampoco mucho saben recibir los campesinos.
Sometidos al vaivén de las luchas por el poder, ojalá algún día la modernidad y el desarrollo lleguen a todos los productores agropecuarios, lo suficiente como para que no tengan que depender de programas gubernamentales, y para que además de la autosuficiencia, alcancen niveles productivos que les permitan competir no sólo con el resto del país, sino con otros países.
¿O será de plano un sueño guajiro?


















