Migrar no es delito: la ofensiva de Trump contra los migrantes y la dignidad humana

En pleno año electoral, Donald Trump ha vuelto a utilizar la migración como su estandarte político. No es nuevo: criminalizar a quienes buscan mejores oportunidades o huyen de la violencia ha sido un recurso habitual en su retórica. Sin embargo, la reciente ola de propuestas y declaraciones —desde desplegar a la Guardia Nacional hasta realizar deportaciones masivas exprés— pone en evidencia no solo una política migratoria fallida, sino una crisis moral.

Trump no distingue entre migrantes: para él, todos son un problema, una carga, una amenaza. Esta visión reduccionista ignora las causas profundas de la migración, como la pobreza, la violencia, el cambio climático y la corrupción en los países de origen, muchos de ellos con una historia de intervenciones estadounidenses. Los migrantes centroamericanos, mexicanos, haitianos y sudamericanos no vienen por “moda” o “aventura”: migran porque quedarse significa morir lentamente.

El endurecimiento de la política migratoria no resuelve el fenómeno, solo lo hace más inhumano. La separación de familias, las redadas masivas, las detenciones sin debido proceso y la construcción de muros no son mecanismos eficaces, son medidas de castigo simbólico que buscan satisfacer a una base electoral que ha hecho del miedo al otro su identidad política.

Además, Estados Unidos olvida su propia historia de nación construida por migrantes. La fuerza laboral, la cultura, la innovación y la economía estadounidenses han sido impulsadas históricamente por quienes llegaron con sueños y no con armas. Negarles hoy la oportunidad a otros es una contradicción ética y una miopía económica.

Es tiempo de dejar de tratar la migración como un delito. Se necesita un enfoque multilateral, humano y coordinado que aborde tanto las causas como las consecuencias. Pero mientras Trump y otros líderes insistan en discursos xenófobos y políticas regresivas, lo único que crecerá no será la seguridad, sino el sufrimiento.

La dignidad humana no conoce fronteras. Defenderla, incluso en contextos adversos, es un deber que trasciende gobiernos y coyunturas. Porque ningún muro podrá contener la esperanza de quien huye por sobrevivir.

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