El Partido de la Revolución Democrática perdió su registro nacional en 2024, pero en Zacatecas encontró una segunda oportunidad como fuerza política local.
Su permanencia no es menor: conserva estructura territorial, cuadros políticos y alcaldes que le permiten reivindicar una identidad propia.
Sin embargo, la duda sigue en el aire: ¿Cuánto de esa herencia puede traducirse en poder electoral rumbo a 2027?
Recordemos que en la elección de diputaciones locales de 2024, el PRD obtuvo 4.52% de la votación, frente al 4.99 % registrado en 2021.
La cifra muestra una base que persiste, pero también una organización que necesita demostrar si todavía puede crecer por cuenta propia.
Oswaldo Sabag Hamadani, alcalde de Cañitas de Felipe Pescador, y Rodrigo Ureño, presidente municipal de Jerez, representan una parte de los perfiles con los que el perredismo busca acreditar que no depende exclusivamente de las siglas de sus antiguos aliados.
Ambos llegaron a sus gobiernos municipales sin coalición con el PRI ni con el PAN, aunque con nuevas amistades, argumento que alimenta la discusión interna sobre competir en solitario.
Sin embargo, la dirigencia perredista también mantiene abierta la posibilidad de reconstruir la alianza con el PRI y el PAN, como ocurrió en los procesos recientes.
Los acercamientos entre las tres fuerzas ya forman parte de la conversación política rumbo a 2027.
Para el bloque opositor, el PRD puede aportar estructura municipal, operadores territoriales y una marca que conserva reconocimiento entre sectores de la izquierda histórica.
Pero sumar partidos no significa sumar automáticamente sus votos; el electorado no es propiedad de las dirigencias y una parte puede rechazar una alianza que considere contradictoria con los principios que originalmente distinguían a cada organización.
También existe el voto de castigo: ciudadanos inconformes con el gobierno en turno pueden buscar una alternativa opositora, pero difícilmente se sentirán representados por una coalición si esta se limita a repartir candidaturas y espacios de poder.
El desgaste de los partidos tradicionales no desaparece por compartir una boleta.
El PRD enfrenta, por tanto, una disyuntiva política: fortalecer sus propias siglas y arriesgarse a competir sin aliados, o negociar una coalición que le permita participar en un bloque más amplio, aunque reduzca su margen de autonomía.
Su historia le concede un lugar en la discusión, no una cuota electoral garantizada.
Para el PRI y el PAN, la incorporación del perredismo tendría que medirse por su aportación real, no por nostalgia partidista.
Para el PRD, el costo de aliarse sería entregar parte de su identidad a cambio de posiciones.
En 2027, la supervivencia jurídica será apenas el punto de partida, pero la verdadera medida de su fuerza estará en los votos que pueda convencer, movilizar y conservar, con alianza o sin ella.

















