En política, los destapes nunca son inocentes.
Mucho menos cuando ocurren cuatro años antes de una elección presidencial y quien pone el nombre sobre la mesa es un senador que conoce perfectamente cómo se construyen las candidaturas y se negocia el poder.
Manuel Velasco Coello, coordinador del Partido Verde en el Senado, decidió jugar al futurismo con Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana.
Lo llamó “el Pedro Infante de la política” y sostuvo que, si mantiene sus resultados y decide competir en 2030, “sin duda alguna sería un proyecto ganador”.
¿Esto se trató de un elogio espontáneo o mensaje con destinatarios perfectamente identificados?
Velasco no es un espectador de la política nacional.
Representa a un partido que negocia posiciones, candidaturas y espacios de poder dentro de la alianza gobernante.
Por eso, colocar a Harfuch en la carrera presidencial no puede despacharse como un simple reconocimiento a su popularidad.
También puede interpretarse como una maniobra para anticipar escenarios, medir reacciones y posicionar piezas en un tablero que todavía tiene demasiadas jugadas pendientes.
¡Pero faltan cuatro años para 2030!
En ese horizonte caben elecciones intermedias, reacomodos políticos, disputas internas y resultados de gobierno capaces de modificar cualquier pronóstico.
Sin embargo, ya hay quienes quieren instalar al primer prospecto presidencial en la conversación sucesoria, como si la Presidencia fuera una carrera que puede arrancar antes de que Claudia Sheinbaum termine de conducir su propio proyecto.
La mandataria tiene razones para poner freno a los adelantados.
Su administración necesita consolidar resultados, mantener cohesionada a la coalición gobernante y evitar que las ambiciones individuales conviertan el gabinete en una plataforma de promoción electoral.
Un secretario de Estado tiene responsabilidades presentes; convertirlo desde ahora en presidenciable abre una discusión sobre prioridades, lealtades y tiempos políticos.
El propio Harfuch respondió que su encargo no le permite mantener una “agenda paralela” rumbo a 2030.
También consideró una falta de respeto pensar en candidaturas mientras persisten problemas como las desapariciones y la extorsión.
La respuesta fue prudente; el ruido, sin embargo, ya está hecho.
Y el momento no podría ser más inoportuno: Morena y sus aliados tienen por delante sus procesos internos y las elecciones de 2027.
Adelantar la sucesión presidencial alimenta las sospechas sobre campañas permanentes y posibles actos anticipados de campaña, cuya existencia tendría que determinarse conforme a las conductas concretas y la legislación electoral.
La política mexicana parece empeñada en vivir en una precampaña perpetua: primero las precandidaturas, después las preprecandidaturas y, finalmente, los destapes que pretenden convertir una especulación en destino.
La Presidencia no está vacante. Sheinbaum sigue gobernando y Harfuch tiene una responsabilidad concreta que atender.
¿Quién tiene tanta prisa por llegar a 2030 que ya comenzó a repartir el poder antes de tiempo?
¿Cuánto de estos destapes responde a la popularidad de un funcionario y cuánto a los intereses de quienes buscan asegurar su lugar en la sucesión?
Un destape anticipadísimo no le abona mucho que digamos al proyecto del tercer piso de la 4T…

















