Rubén Delgado
Cuando un ciberataque toca nuestra puerta
Un ciberataque puede parecer algo lejano, reservado para gobiernos, bancos o grandes empresas. Sin embargo, termina acercándose cuando no podemos hacer un trámite, consultar una cuenta o pagar una deuda. También puede entrar directamente a nuestra vida si alguien consigue la contraseña de nuestro correo, redes sociales o banca electrónica.
México ya ha vivido incidentes con efectos cotidianos. En 2022, un ataque contra la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes provocó la suspensión temporal de trámites y plazos administrativos. En 2024, Coppel reconoció un incidente de ciberseguridad que afectó algunos servicios en tiendas y plataformas digitales. Varios clientes tuvieron dificultades para consultar información o realizar pagos. La empresa anunció que no cobraría intereses moratorios originados por las fallas.
Estos casos muestran que la ciberseguridad no solamente protege computadoras: protege actividades de las que dependen personas reales. Pero también dejan una pregunta práctica: ¿qué podemos hacer los usuarios comunes?
El primer paso es dejar de utilizar la misma contraseña en diferentes servicios. Si usamos una sola llave para el correo, Facebook, una tienda y el banco, basta con que uno de esos sitios sea vulnerado para intentar entrar a todos los demás. Cada cuenta debería tener una contraseña diferente, especialmente el correo electrónico, porque desde ahí pueden recuperarse muchos de nuestros accesos.
También conviene utilizar contraseñas largas. Una frase formada por varias palabras que no guarden relación resulta más resistente y puede ser más fácil de recordar que una combinación corta llena de símbolos. Debemos evitar nombres, fechas de nacimiento, equipos deportivos y secuencias como “123456”. Para no memorizar decenas de claves, podemos utilizar un administrador de contraseñas reconocido, protegido por una clave principal larga y única.
Otra barrera importante es la verificación en dos pasos. Con ella, conocer la contraseña ya no es suficiente para entrar: también se necesita una confirmación desde el teléfono, una aplicación de autenticación o una llave de seguridad. Cuando esté disponible, es preferible utilizar una aplicación autenticadora o una clave de acceso -también llamada passkey- en lugar de depender solamente de códigos enviados por mensaje.
Ninguna contraseña nos protege si nosotros mismos la entregamos. Por eso, antes de abrir un enlace recibido por correo, WhatsApp o mensaje de texto, debemos comprobar quién lo envió. Un banco, una empresa o un supuesto técnico no necesita que le dictemos nuestra contraseña ni el código temporal que apareció en el teléfono.
Si recibimos una alerta de acceso desconocido, debemos entrar directamente a la aplicación oficial, cambiar la contraseña y cerrar las sesiones abiertas. No hay que utilizar el enlace incluido en el mensaje sospechoso.
Para reflexionar: No podemos impedir personalmente todos los ataques contra empresas o instituciones, pero sí podemos evitar que una contraseña robada se convierta en la llave de toda nuestra vida digital. ¿Cuántas de nuestras cuentas podrían abrirse hoy con la misma clave?


















