¿Esto ocurrió o lo fabricó una inteligencia artificial?

Rubén Delgado

Rubén Delgado Contreras

Recibimos por WhatsApp un video en el que una figura pública parece decir algo sorprendente. La voz suena convincente, los movimientos del rostro parecen naturales y el escenario resulta familiar. Hace algunos años, una grabación así podía considerarse una evidencia importante. Hoy debemos hacernos otra pregunta: ¿la escena ocurrió realmente o fue generada por una inteligencia artificial?

Desde el 2 de agosto de 2026, la Unión Europea aplica nuevas obligaciones de transparencia para ciertos sistemas de IA. Una de sus finalidades es que las personas puedan reconocer cuándo están interactuando con una máquina o cuándo una imagen, un audio, un video o un texto fueron creados o modificados artificialmente.

Las reglas distinguen entre dos mecanismos. El primero consiste en incorporar una marca legible por computadora al contenido sintético. Podría compararse con una etiqueta digital que acompaña al archivo y permite que una plataforma o una herramienta de verificación detecte su origen. El segundo es el aviso visible para las personas, especialmente cuando se trata de un deepfake: una grabación manipulada para hacer parecer que alguien realizó o dijo algo que nunca sucedió.

Esto no significa que toda fotografía retocada, ilustración artística o texto apoyado por una herramienta automática deba llevar una advertencia idéntica. Existen excepciones y diferencias según el uso. Por ejemplo, las obras evidentemente satíricas o creativas pueden informar sobre la manipulación de una manera que no interfiera con su presentación. Un texto sobre asuntos de interés público también puede recibir un tratamiento diferente cuando pasó por revisión humana y existe una persona o institución que asume la responsabilidad editorial.

Las etiquetas tampoco resolverán por sí solas la desinformación. Los metadatos pueden perderse cuando descargamos un archivo, hacemos una captura de pantalla o volvemos a comprimir un video. Además, una persona que busca engañar deliberadamente puede intentar eliminar las marcas. Por eso, la identificación técnica debe acompañarse de hábitos sencillos: revisar quién publicó el contenido, buscar la versión completa, comparar con fuentes confiables y desconfiar de mensajes que exigen reaccionar inmediatamente.

Aunque estas disposiciones pertenecen a la Unión Europea, sus efectos pueden extenderse. Las plataformas y los proveedores de IA operan internacionalmente, por lo que adoptar un mismo sistema de identificación para distintos países podría resultar más práctico que mantener mecanismos incompatibles.

La pregunta importante no será únicamente si la inteligencia artificial puede producir un video indistinguible de uno real. También tendremos que decidir qué señales, responsabilidades y conocimientos necesitamos para conservar la confianza en lo que vemos.

Para reflexionar: La próxima vez que una imagen o un audio provoquen sorpresa, miedo o enojo, quizá la mejor respuesta no sea compartirlos de inmediato, sino detenernos un momento y preguntar de dónde vienen y quién se responsabiliza de ellos.

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