Amalia García Medina, Senadora de la República
Hace unos días vi el partido de la Selección Mexicana acompañada de mis nietos, en un restaurante cercano a mi casa. El lugar estaba lleno. Familias enteras llevaban la playera de México, ondeaban pequeñas banderas y compartían el entusiasmo que solo el deporte puede despertar.
Cuando cayó el primer gol de México ocurrió algo peculiar: una trabajadora de la cocina salió con una cacerola en las manos, gritando y celebrando; detrás de ella salieron sus compañeros brincando de alegría. Durante unos minutos desaparecieron las diferencias. Todos celebrábamos lo mismo.
Pensé entonces que este Mundial ha llegado en un momento oportuno. Vivimos tiempos marcados por la incertidumbre, la violencia, la polarización y la preocupación cotidiana. La gente necesitaba una pausa, un motivo para sonreír, un instante de esperanza. El deporte tiene esa extraordinaria capacidad de recordarnos que todavía podemos emocionarnos juntos.
Sin embargo, una vez terminada la participación de nuestro país, la realidad vuelve a imponerse. Y hoy esa realidad nos exige reflexionar sobre el rumbo económico y político de México y de América Latina.
Uno de los temas más relevantes es el futuro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Las revisiones previstas en el propio acuerdo representan un enorme desafío para nuestro país. Debemos actuar con inteligencia para preservar los beneficios alcanzados durante estos años y brindar certidumbre a quienes generan inversión, empleo y desarrollo.
En ese esfuerzo será indispensable el trabajo conjunto entre los gobiernos y la iniciativa privada de los tres países. La integración económica de Norteamérica ha demostrado ser un factor de crecimiento compartido y conviene fortalecerla, no debilitarla.
Pero también debemos reconocer que el desarrollo de México no puede depender únicamente de un tratado comercial.
Hace unos días, el Senado de la República conmemoró los 75 años de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). El encuentro nos permitió reflexionar sobre un tema que conserva plena vigencia.
Después de la Segunda Guerra Mundial, un grupo de economistas y estadistas comprendió que América Latina enfrentaba un problema estructural: exportábamos materias primas e importábamos bienes industrializados de alto valor agregado. Aquella desigualdad en los términos del intercambio explicaba buena parte de nuestro rezago económico.
La respuesta que propuso la CEPAL fue impulsar la industrialización, fortalecer el mercado interno y construir economías con mayor capacidad productiva.
Setenta y cinco años después, esa reflexión vuelve a cobrar fuerza.
México necesita consolidar su planta industrial, fortalecer sus cadenas productivas y aprovechar iniciativas como los polos de desarrollo económico para generar empleo, innovación y competitividad.
Pero ninguna estrategia tendrá éxito si no colocamos en el centro el talento de nuestra gente.
China entendió hace décadas que la mayor inversión posible era formar a millones de jóvenes en las mejores universidades y centros de investigación del mundo. Hoy recoge los frutos de esa decisión. Nosotros también debemos apostar por la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación como ejes de una política de desarrollo de largo plazo.
Otro de los grandes desafíos que enfrenta nuestra región es el avance de expresiones políticas de derecha radical.
En distintos países observamos liderazgos que construyen su fuerza mediante discursos de confrontación, polarización y descalificación del adversario. La promesa de resolver problemas complejos mediante soluciones simples suele encontrar eco en sociedades cansadas de la violencia, la desigualdad y la falta de resultados.
Ahí están los casos de Argentina con Javier Milei; de Brasil con Jair Bolsonaro; de El Salvador con Nayib Bukele; o el crecimiento de fuerzas semejantes en otros países de la región. Cada uno tiene sus particularidades, pero comparten una narrativa que privilegia la confrontación y, con frecuencia, pone en tensión los derechos humanos, las instituciones democráticas y el pluralismo.
Esto también obliga a una profunda reflexión de quienes creemos en la democracia, la justicia social y los derechos humanos.
No basta con señalar los riesgos que representan estos proyectos políticos. También debemos preguntarnos por qué millones de ciudadanos depositan su confianza en ellos. La respuesta pasa, inevitablemente, por reconocer que muchos gobiernos democráticos no lograron responder con eficacia a las demandas de seguridad, bienestar, igualdad y oportunidades.
La democracia no puede darse por sentada. Hay que fortalecerla todos los días con mejores gobiernos, instituciones eficaces, crecimiento económico incluyente y políticas públicas que mejoren la vida de las personas.
México cuenta con fortalezas extraordinarias. Tenemos talento, capacidad productiva, recursos naturales, universidades de gran prestigio y una sociedad que ha demostrado, una y otra vez, su enorme capacidad para salir adelante.
El reto consiste en construir acuerdos, apostar por el conocimiento y mirar hacia el futuro con visión de Estado.
Así como por un momento un gol logró unir a miles de mexicanos en una misma celebración, también deberíamos ser capaces de encontrar coincidencias para enfrentar los grandes desafíos nacionales y regionales.
La historia demuestra que las sociedades avanzan cuando son capaces de transformar la esperanza compartida en un proyecto colectivo de desarrollo.


















