México está herido, lo sabemos.
El asesinato del Presidente Municipal de Uruapan, Carlos Manzo no es solo una noticia, no es solo un título, ni una cifra que se sume a la estadística del horror, es una herida abierta en el alma de un país que ya venía sangrando.
Hoy México se pregunta: ¿Cuantos más?
No podemos acostumbrarnos al dolor, ni volverlo parte de la rutina, porque cuando el dolor se vuelve costumbre, el alma comienza a dormirse…. Y un país con el alma dormida es un país que se pierde a si mismo sin darse cuenta.
Pero, tu y yo sabemos algo que no se nos puede olvidar: México nunca ha sido un país que se rinde.
Hoy, más que nunca, necesitamos mirarnos con compasión, necesitamos reconocer el dolor del otro, necesitamos dejar de pelear en rumores, en banderas, en ideologías, en trincheras de orgullo que solo nos aíslan más.
Hoy no podemos quedarnos en el silencio cómodo, en la frase hueca o en el pésame burocrático. Lo que ocurrió es grave. Es doloroso. Y es inaceptable.
Un país no se reconstruye solo con leyes, estrategias o discursos, un país se reconstruye primero desde adentro; desde la humanidad, desde el amor, el respeto y desde la decisión de no dejar que el miedo sea quien tome el volante.
Hoy honremos la memoria de Carlos Manzo no solo exigiendo justicia, sino también reconectándonos con nuestra propia esperanza, porque esa esperanza, aunque cansada, aunque agotada, es la que nos seguirá levantando mañana.
Este asesinato debe dolernos a todos. Porque cuando matan a una autoridad con este perfil, no solo silencian una voz; se desafía al propio estado. Y cuando el estado se ve rebasado, la sociedad entera queda expuesta.
A quienes hoy sientan rabia, miedo o cansancio: no están solos, ese dolor es legítimo, este enojo vale, y es precisamente desde ese dolor donde se debe escribir un nuevo rumbo. La muerte de Carlos Manzo debe ser un punto de quiebre, debe significar un antes y un después, porque lo que está en juego es el derecho de la gente a vivir en paz y ese derecho, cuando se defiende con decisión, no lo detiene nadie.
Necesitamos orden, autoridad, fuerza y resultados.
México, no sueltes tu propio corazón, aunque duela, aunque tiemble, aunque parezca frágil, porque incluso herido, late con una fuerza que el mundo entero ha admirado siempre, y mientras ese corazón siga latiendo, nunca estaremos derrotados.

















