Tradición y memoria iluminan el Gran Desfile de Muertos en Zacatecas
Zacatecas, Zac.— Entre flores de cempasúchil, música y colibrís que simbolizaron el cruce de las almas, miles de personas
Zacatecas, Zac.— Entre flores de cempasúchil, música y colibrís que simbolizaron el cruce de las almas, miles de personas se reunieron en el corazón de la capital para presenciar el Gran Desfile de Día de Muertos 2025 “Somos tradiciones”, un encuentro festivo que este año fusionó la identidad zacatecana con las raíces veracruzanas para honrar a quienes ya partieron. La Presidenta del Sistema Estatal DIF, Sara Hernández de Monreal, encabezó el evento junto al Secretario General de Gobierno, Rodrigo Reyes Mugüerza, y la Secretaria de Cultura de Veracruz, María Xóchitl Molina González, consolidando el hermanamiento cultural entre ambas entidades.
Desde las primeras notas de la Banda Sinfónica del Estado, que regresó del “más allá” caracterizada como catrin@s e interpretando la Marcha Zacatecas, comenzó el desfile de carros alegóricos, danzantes y personajes emblemáticos que llenaron las calles de color, magia y simbolismo. Vehículos clásicos conducidos por catrinas, farolas marcando el camino de las almas y contingentes repletos de calaveras, alebrijes luminiscentes y personajes históricos acompañaron el recorrido, transformando el Centro Histórico en un cementerio festivo donde la vida y la muerte se abrazaron sin solemnidad y con profunda alegría.

En esta cuarta edición del Festival de Día de Muertos bajo la administración del gobernador David Monreal Ávila, Zacatecas recibió el espíritu del Xantolo veracruzano. Tapetes de aserrín, sones jarochos, arpas, marimbas y guitarras conectaron a los asistentes con el sonido ancestral que acompaña a quienes retornan del mundo espiritual. A la par, figuras monumentales de catrinas, mineros, revolucionarios a bordo de la emblemática máquina 30-30, bandas de guerra y calaveras prehispánicas dieron vida a un desfile donde la memoria colectiva se volvió fiesta.
La noche avanzó entre el ritmo de la trompeta y el tambor, y entre el murmullo de niñas y niños pintados como calaveras o envueltos en disfraces que coreaban “el muerto quiere camote…” mientras esperaban el paso de trenes simbólicos cargados de recuerdos. Las ruedas de los vehículos parecían deslizarse sobre el aire, como si llegaran desde otra dimensión, y el cielo se iluminó con pirotecnia que simulaba estrellas, anunciando que el puente entre vivos y muertos comenzaba a cerrarse.
Cuando el último contingente se despidió y la música se apagó, nadie tuvo prisa por irse. Las familias permanecieron bajo la luz de las velas, respirando el aroma a pan, café y copal, aferrándose unos minutos más a ese reencuentro que cada año confirma que en Zacatecas los muertos nunca se van por completo: se vuelven viento, polvo rojo y memoria viva. Y así, entre el frío nocturno y el calor de las tradiciones, la ciudad despidió otra noche donde la muerte se celebra… porque aquí, también se vive después de partir.
















